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-Adoro tu casa, Jake -exclamó Pamela Ritchie cuando le encontró en la biblioteca-. ¡Es... es estupenda! Tu madre me la ha mostrado, ¿verdad que es un ángel?
Jacob sonrió mecánicamente y no dijo nada. Si el elogio hubiera venido de otra persona, se habría sentido halagado de que apreciaran su casa. Pero había logrado saber algo de esa voluptuosa morena durante un tórrido amorío que había durado dos semanas, varios años atrás, y sabía que ella muy pocas veces pensaba lo que decía. Sí, estaba impresionada con Silverley, pero sin duda estaba despechada por no ser la señora del lugar.
Cuando el romance entre ellos terminó, el se enteró por chismorrees de los sirvientes, de que ella había destrozado su dormitorio en un ataque de nervios. Desde entonces, sólo la había visto ocasionalmente. Ella siempre le dedicaba una sonrisa amistosa, pero cuando la sorprendía de improviso, Pamela parecía furiosa. Mujer como Pamela y Jessica siempre chocaban con su irritable temperamento. En sus épocas más disipadas, él había conocido mujeres de todos los tipos, pero sólo había estado en verdadero peligro con una: la encantadora Carolina Symonds. Afortunadamente, Carolina estaba casada con el viejo duque de Windfield. Hacía tres años que no veía a lady Carolina y el dolor de la separación hacía tiempo que se había cicatrizado.
-Nos preguntábamos dónde te habías metido, Jake -dijo Pamela, sentándose, sin ser invitada, en el borde de una silla, junto al escritorio-. Están sirviendo el té en la sala. Ha llegado más gente. No los conozco, un hidalgo y... ah, finalmente apareció tu preciosa mujer. Es encantadora y adorable. Por supuesto, ya la conocía. Hizo furor en la penúltima temporada. Los jóvenes se morían por una sonrisa de ella. Incluso yo estaba un poco celosa hasta que se hizo claro que algo... no andaba bien en el caso de ella, pobrecita.
El ya sabía a donde llevaba esta cháchara tonta, pero de todos modos se puso tenso.
-¿Debo adivinar lo que quieres dar a entender con eso?-Ella rió con una risa cantarina.
-Esperaba que tú me lo dijeras. Todo el mundo está en ascuas por saberlo.
-¿Saber qué? -preguntó Jacob secamente.
-Bueno... saber qué es lo que no te gusta en ella.
-No hay nada en mi mujer que no me guste, Pamela -dijo él fríamente.
-¿De modo que no quieres confesarlo? Es galante de tu parte, Jake, pero no muy esclarecedor -contestó ella suspirando- No puedes imaginarte la tormenta que esto ha suscitado. No todos los días uno de nuestros solteros más apetecibles se casa y abandona a su mujer prácticamente en el altar. Corre el rumor de que uno de los tíos de lady Nessie te entregó a ella encadenado.
No fue fácil para Pamela descubrir si se había anotado un tanto o no. Sólo la tensión de las manos de él dejaba ver su ira. Ella hubiese deseado que él estallase. Pamela albergaba más rencor contra este hombre, que contra todos sus otros amantes presentes y pasados. Ahora estaba encantada de que él hubiera terminado casándose con una mujer que no le convenía.
-Ese rumor es un disparate, Pamela -dijo Jacob bruscamente- Yo volví a Inglaterra en compañía de Emmett Cullen nada más que porque él tuvo la bondad de ofrecerme un camarote en su barco, cuando me encontró varado en las Indias Occidentales y –añadió velozmente, antes de que ella pudiera decir nada- lamento decepcionarte, pero lo que me separó de mi mujer fue un asunto de negocios. Algo inesperado que tenía que ver con las propiedades en una isla y que no podía esperar.
-Otro hombre, tal vez habría llevado a su mujer, en una luna de miel prolongada –dijo ella- Es raro que no se te haya ocurrido.
-No había tiempo para eso... -empezó a decir él, pero ella sonrió y se dispuso a partir.
-De todos modos, será interesante observarles a los dos. Me sorprende que estés recibiendo gente tan pronto después de haberte casado.
-Esta pequeña reunión no ha sido idea mía.
-Sí, fue tu madre quien envió las invitaciones, pero tú ya estabas aquí, de modo que supongo que querías la fiestecita. En fin, dicen que la mejor manera de evitar el aburrimiento es dar una fiesta. Espero que no hayas pensado en una fiesta personal entre nosotros dos cuando me hiciste incluir en la lista de invitados. Los hombres casados no me atraen, si entiendes lo que quiero decir.
Giró sobre sus talones y salió de la habitación, antes que él pudiera replicar. Jaco siguió sentado, mirando la puerta. Había sido rechazado, a pesar de que no había hecho ninguna propuesta. ¡Había que ser insolente!
En él surgió un fuerte deseo protector. ¡Algo en Nessie que no le gustaba! Eso decían.
Salió de la biblioteca con intenciones de encontrar a su mujer y dedicarse a ella plenamente, mientras quedara un invitado en la casa. Pero, al salir de la biblioteca y echar una mirada al pasillo de entrada, vio a Jessica Eddington, que bajaba de su coche. Enfurecido, fue en busca de Sulpicia.
-Me parece muy divertido que hayas llevado cuenta de mi vida todos estos años –le dijo-. ¡Cuánto amor! Naturalmente, esto te ha permitido saber cuáles son las personas que yo no deseaba ver.
-En absoluto -contestó ella con una sonrisa forzada- Lo cierto es que hay muchas almas caritativas que piensan que una madre debe estar informada de lo que hace su hijo en el pecaminoso Londres... y con quién. No puedes imaginarte a cuantas personas bien intencionadas he tenido que escuchar, poniendo cara de agradecimiento, pese a que no me importaba que mi supuesto hijo se hubiera ahogado en el Támesis... -Le lanzó una mirada de puro odio - Sí, las casualidades pueden ser útiles a veces.
Los ojos de él relampaguearon de furia. Se volvió y avanzó hacia las escaleras, seguido por una carcajada de satisfacción de Sulpicia.
-No es posible estar escondido todo el fin de semana, lord Montieth -dijo ella sarcásticamente, levantando la voz.
Jacob no miró atrás. ¿Qué demonios estaba buscando esta vieja arpía intrigante y resentida, al invitar a su casa a dos antiguas queridas de él? ¿Qué nuevas sorpresas lo estaban esperando?
El salón estaba lleno de gente: los veinte invitados de Sulpicia resultaron ser treinta. El salón de música estaba abierto y se oía un tañido de arpa que procedía de allí. También estaba abierto el comedor, la larga mesa tendida con una cena fría. Los invitados pasaban de una habitación a otra.
Jessica Eddington había cambiado poco en el año transcurrido desde que Nessie la había visto por última vez. Estaba ataviada con vaporoso vestido de encaje rosado que hacía parecer matronil a Nessie con su vestido azul oscuro; todos los hombres estaban pendientes de cada palabra de Jessica, que de cuando en cuando se volvía hacia Nessie con una mueca de satisfacción.
-Arriba ese ánimo, querida. Era inevitable que esto ocurriera algún día.
Nessie se volvió hacia lady Whateley, una antigua conocida, sentada a su lado en el sofá.
-¿Qué es lo que tenía que ocurrir? -preguntó Nessie.
-Encontrarte con las mujeres que han tenido algo que ver con vuestro marido. ¡Ha habido tantas!
-Si se refiere a lady Jessica...
- No es sólo ella, querida. Ahí está la duquesa, y esa picara de Ritchie y la señora Henslowe, aunque lo cierto es que Anne Henslowe no fue más que una aventurilla, por lo que me han dicho.
Los ojos de Nessie recorrieron cada una de las mujeres que había nombrado la vieja solterona, y se detuvieron en Carolina Symonds la duquesa de Windfield, una rubia extremadamente bella que sólo tenía unos pocos años más que Nessie. La duquesa estaba sentada, con cara contrariada, junto a un viejo de cerca de ochenta años. Seguramente era el duque de Windfíeld. Qué desdichada debía ser esta mujer joven con un marido tan viejo,
pensó Nessie.
Pamela Ritchie, Anne Henslowe, Carolina Symonds y Jessica Eddington. ¡Cuatro ex amantes de Jacob en la misma habitación con su mujer! Era demasiado. ¿Se suponía que debía conversar con ellas? ¿Actuar como una amable anfitriona?
Jacob se hizo presente en ese mismo instante y Nessie lamentó no poder lanzarle una mirada fulminante: era imposible. Mientras ella le miraba, lady Jessica tomó a Jacob del brazo y se lo apretó enérgicamente.
-Supongo que esto no le molesta, ¿verdad, querida?
Nessie se dio la vuelta y se encontró con que lady Whaleley había desaparecido y Anne Henslowe estaba en su lugar. ¿Había llegado el momento de ser consolada por una de las queridas de él?
-¿Por qué habría de molestarme? -dijo Nessie con voz desabrida. La señora Henslowe sonrió.
-No debería perturbarle. Después de todo, ella le ha perdido y ahora es suyo. Es algo que le ha hecho sufrir querida – le dijo a Nessie
-¿Ya usted?
-¡Dios mío, alguien ha estado contándonos cuentos! Mucho me lo temía.
Por alguna razón, Nessie no podía mantener su actitud enfadada. La mujer parecía realmente amistosa, los ojos pardos estaban llenos de compasión. No era una mala mujer. Y sus amores con Jacob se habían producido mucho antes de que Nessie le conociera.
-No hay que pensar más en eso -dijo Nessie, sonriendo.
-No voy a pensar. Y espero que usted haga lo mismo. Puede tener la seguridad, mí querida, de que Jacob nunca se sirve dos veces el mismo plato.
Nessie, un poco escandalizada, no pudo evitar una carcajada.
-Lo expresas de una manera pintoresca.
-Es la verdad a él no le interesan los lamentos de las mujeres de su pasado. Muchas han tratado de recobrarlo, pero no lo han logrado.
-¿Y usted? -preguntó Nessie brutalmente.
-¿Yo? ¡Dios me libre! El no era para mí yo lo sabía. Quedé muy agradecida por la única noche que pasé con él. Ocurrió poco después de haberme quedado viuda, estaba a punto de volverme loca y Jacob me ayudó a ver que la vida no había terminado para mí, después de todo. Siempre se lo agradeceré.
Nessie asintió y Anne Henslowe le dio una palmadita en el brazo.
-No debes preocuparte por nada de esto, querida. El ahora es suyo para siempre.
Pero él no era de ella y no lo había sido desde aquella noche de hacía casi un año. Le dio las gracias a la señora Henslowe y lanzó una mirada alrededor, buscando a Jacob. No le vio; tampoco estaba en el comedor o en el salón de música. Sólo quedaba el invernadero de paredes de cristal. Hacía calor y estaba oscuro, pues sólo recibía luz de las lejanas ventanas del comedor. Había luz suficiente para ver hasta la fuente y nada más, para ver el vestido de encaje rosado y los rizos negros y cortos de Jessica Eddington, que había echado los brazos en torno al cuello de Jacob.
-¿Estas disfrutando de nuestro recorrido de la casa, lady Jessica? -dijo Nessie en voz muy alta, acercándose.
La voz hizo que se separaran. Jessica tuvo la amabilidad de mostrarse confundida. Pero
Jacob no dio ninguna señal de arrepentimiento. Incluso enrojeció de cólera. Al notar su cólera, la indignación de Nessie se convirtió en un dolor que le oprimía la garganta. Una tontería. El no había tenido intenciones de soltar a Jessica.
Nessie se dio la vuelta y se alejó a toda prisa. Jacob gritó llamándola, pero ella aceleró el paso. Un libertino donjuanesco. ¿Cómo había podido ser tan estúpida... tan ingenua... cómo se había permitido ilusionarse?
Al llegar a la antecámara, Nessie se detuvo de golpe. No, no iba a correr y a esconderse, como si su corazón estuviera destrozado. Los Cullen estaban hechos de una pasta más firme. No eran personas capaces de cometer el error de enamorarse dos veces del mismo ser. No era el amor lo que le había hecho este nudo en la garganta. Desde luego que no: ella estaba sofocada de rabia y eso era todo.
Volvió al salón con la misma sonrisa que había exhibido durante todo el día. Muy tranquila, tomó asiento y se sumió en una conversación con Faith y lady Watheley. Jacob entró al salón en el momento en que Nessie se sentaba, echó una mirada a la tranquila expresión de ella, y el corazón se le encogió. ¿Qué había esperado? ¿Lágrimas? Para que una persona esté celosa es necesario antes que esté interesada. El diablo podía llevarse a Jessica por haberle echado los brazos al cuello y sorprenderle con la guardia baja. ¿Sabía él acaso que Nessie estaba cerca? En primer lugar, él no había querido acompañar a Jessica a recorrer la casa, pero ella le había provocado, había insinuado que él tenía miedo de que le vieran con ella, que él ya no era dueño de sus actos. Como un imbécil, él la había arrastrado de cuarto en cuarto, había hecho el recorrido con ella. ¡Cuánta idiotez!
Ella había querido ver lo que había detrás de las puertas cerradas del invernadero y una vez, allí se había interesado en una flor que crecía en una enredadera retorcida. Se había encaprichado por tener esa flor. Después de dos intentos por alcanzarla, ella le había suplicado dulcemente que la arrancara para ella. El tendió el brazo para arrancar la maldita flor y en cuanto dio el tirón y se volvió para entregársela, ella le había echado los brazos al cuello. Habían pasado dos segundos cuando Renesme apareció. Algo increíble, una mala suerte inimaginable.
Volvió a mirar a Renesme y sus ojos volvieron a encontrarse. En ese momento, antes de volverse, los ojos de ella le lanzaron una llameante mirada.
Las esperanzas de Jacob resurgieron. Sonrió. ¿Con que no le importaba? Entonces, ¿por qué estaba tan furiosa con él? Decidido, se acercó a las tres mujeres que estaban en el sofá.
-¿Puedo hacerles compañía, señoras? Mis deberes de dueño de la casa no me han permitido dedicar un solo instante a mi encantadora esposa.
-Aquí no hay sitio para ti, Jacob -dijo Nessie con voz neutra.
Y, desde luego, no lo había con las amplias posaderas de lady Whateley que se desparramaban por la mitad del sofá. Pero a él no le asustaba esto ni el tono animoso de Nessie. La tomó de la muñeca, la forzó a ponerse de pie, se sentó y luego la forzó a que se sentara en sus rodillas.
-¡Jacob! -exclamó ella sin aliento.
-No seas tímida, amorcito -dijo él sonriendo y manteniéndola firmemente.
-¡Esto es un escándalo, lord Montieth! -exclamó lady Whateley, aun más sorprendida que Renesme- Si tiene tanto interés en estar al lado de su esposa, puede ocupar mi asiento... –y se fue.
Inmediatamente se retiró Faith, fingiendo un súbito interés en un cuadro que estaba colgado en el otro extremo del cuarto. Nessie bajó de las rodillas de su marido y se sentó a su lado. Hizo un ademán para separarse de él, pero él le puso un brazo sobre los hombros y la retuvo.
-Es es...
-Silencio -susurró él-. Debes sonreír, amor mío. Nos están observando... -Ella sonrió mecánicamente, pero lo maldecía con sus ojos. El chasqueó la lengua.- ¿No puedes lograr algo mejor? -Y luego añadió en voz baja- Te juro que no ha sido nada.
Ella no tuvo que preguntarle a qué se estaba refiriendo.
-Por supuesto que no -contestó irónicamente.
-En realidad no ha sido nada. Hizo un intento por seducirme y fracasó. Y eso es todo.
-Oh, desde luego que le creo… señor -dijo ella con voz helada- Le creo porque he oído dos veces esta noche que tus ex queridas dejan de interesarte cuando caen en la categoría de «asuntos terminados». Una de vuestras tu damas me ha asegurado que nunca te sirves dos veces del mismo plato. De manera que debo creeros, aunque mis ojos vieran lo contrario.
-Estás celosa.
-No digas tonterías- El sonrió diabólicamente.
-Tu informante no fue del todo correcta, mi amor. Si tú fueras la comida yo volvería a servirme una segunda y una tercera vez, hasta atragantarme y morir.
-Oh -dijo ella sin aliento-. No estoy de ánimo para bromas. Buenas noches.
Se puso de pie antes que él pudiera detenerla y salió de la habitación. Él la vio partir, sonriendo para sí. Empezaba a pensar que la reunión de Sulpicia era justamente lo que necesitaba para recobrar a su mujer. ¡El viejo pajarraco se moriría de un ataque en caso de saber que le había ayudado! La sonrisa de Jacob se ensanchó. Su estado de ánimo era positivamente alegre.
Diosapagana: Jacob está feliz porque por fin le servirá de algo haber sido un pervertido consiente, ajajjajjaja, ¿Y qué harían ustedes si su querida suegrita invita a una fiesta a todas las ex novias de tu pareja? Seguro tratarlas con todo el amor posible, no??? Ajajjaja
Mi querida lectora si estas allí, déjanoslo saber con un pequeño mensaje, un pequeño review que ilumina nuestros días con tus palabras.
Besos Perversos míos o del chucho.
Priscila.
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